Donosti.
Find beauty.
La semana pasada tuve la suerte de pasar unas horas en una de mis ciudades favoritas: Donosti.
Tengo la fortuna de conocerla bastante bien, de haber pasado temporadas más o menos largas allí, y cada vez que vuelvo hay ciertas cosas que quiero hacer sí o sí. Mi pequeña ruta de peregrinación, vaya.
La vista de aquí, el pintxo de allá, el helado de no sé dónde - tomado, siempre que se puede, en las escaleras junto al Náutico-.
Y hay algo que tampoco suelo perdonar si consigo escaparme un rato: el Museo San Telmo.
Como buena amante del arte, suelo colarme en todo museo que puedo, esté donde esté. Y San Telmo tiene varias cosas que me encantan: un fondo tremendamente desconocido para mí y tremendamente bueno, un enclave privilegiado —pensándolo bien, qué museo no lo es— y unas exposiciones temporales que suelen estar muy bien curadas.
Conseguí escaparme un ratito para ver las últimas.
En una de ellas no me recreé demasiado, aunque reconozco que era interesantísima y de una calidad brutal. A ver, señoría, ¡Goya! no tengo más que añadir. Pero a mi, hay ciertos dibujos que me bajan la energía de una manera inexplicable y estos están entre ellos. Es así.
Con la otra, mucho más.
Arte moderno, a mí donde quieras, como quieras.
Pero aquí viene lo que para mí fue lo mejor de la exposición.
No fueron los Miró, los Klimt o los Juan Gris que vi —aunque me fliparon, no os voy a mentir—.
Fue un niño medio tumbado en el suelo frente a uno de los dibujos.
Tenía un lápiz en la mano, una hoja apoyada en el suelo y, cada poco tiempo, levantaba la cabeza para mirar de nuevo la obra.
Me paré a su lado para ver qué hacía.
La estaba copiando.
Me quedé allí unos minutos y el pobre, claro, terminó un pelín intimidado. Tendría unos ocho años. Me puse a hablar con él. Le pregunté por qué había elegido precisamente aquel dibujo y estuvimos charlando un poquito.
Antes de seguir viendo la exposición le dije que me encantaba lo que estaba haciendo y que creía que era un gran artista.
Espero no olvidar nunca la sonrisa que se le puso en la cara. Y en los ojos.
Porque aquella sonrisa me recordó algo que a veces olvidamos: el poder que tiene sentirse visto.
Quizá aquel niño siga dibujando mañana y se olvide de mí por completo. Quizá dentro de veinte años siga pintando. Quién sabe.
Pero yo me fui pensando en todo lo que puede empezar simplemente porque alguien miró con atención y decidió decir en voz alta lo que había visto.
Y quizá de eso vaya también Find Beauty.
De entrenar la mirada para no pasar de largo.
Porque lo extraordinario no siempre es el Klimt que tienes delante.
A veces está sentado en el suelo, con ocho años, un lápiz en la mano y una hoja de papel.
Mi findbeauty de esta semana es para él
.



Leire, me ha emocionado tu comentario. Qué importante es el sentirse visto. Y qué poco reparamos en las cosas que parecen poco relevantes. Parar, apreciarlas y comentarlo. Ese va a ser uno de los propósitos de mis vacaciones.
gracias
Cuánta razón en tu post...a veces solamente necesitamos un fueguito que encienda otro fueguito <3
Como el poema de "El libro de los abrazos" y tú le encendiste a él