Cuando Mayo mayea.
Find beauty.
Últimamente mis Mayos son una sucesión de eventos que podemos denominar “cañeros”. Y este, para no quedarse atrás, lo ha sido también.
En los primeros días de mayo peté. Sí, otra vez. Chica qué rollo, ya lo sé, pero qué le voy a hacer… en este caso fue un bajón de tensión tan brutal que me llevó al hospital. No podía moverme. No tenía fuerzas para nada. Me hicieron pruebas que revelaron que estoy requetesana, y me aconsejaron parar. Ralentizar. Ciao estrés.
Y yo, que a veces hago el papel de mi peor enemiga (no sé si te suena…) entré al trapo conmigo misma. Pero ¿cómo podía estar así si estoy construyendo una vida en la que quiero quedarme y no me va mal? ¿cómo podía estar así si soy una afortunada que controla sus horarios? ¿cómo se me ocurre estar mal si tengo todo lo que necesito?
Spoiler alert: machacarse a una misma no es la solución. Nunca.
Este bajonazo me ha hecho pensar mucho. Y también me ha hecho bajar (más) el ritmo. Porque, en primer lugar, ¿quién decide si el ritmo que llevas es lento o rápido? Nadie más que tú puede saber si estás alineada con lo que puedes dar o te estás vaciando poquito a poco. Y para saber eso, amiga mia, no hay otra forma que parar. Parar y escuchar.
Cuando me rompí (en este caso de manera mucho más fuerte) hace 3 años un médico que visité me dijo que tenía que tranquilizarme. Esto lo he contado en bastantes ocasiones, quizá te suene. En ese momento me desquició, porque yo ya consideraba que estaba tranquila y no entendía cómo se hacía eso. Así que me receté una terapia de choque: paseos por el bosque sin ningún objetivo concreto. Ni pasos, ni avistamientos, ni recolección de moras. NA-DA. Esa era la única manera que encontré de no hacer, sino de ser. Y la verdad es que me fue genial. Desde entonces “receto” esta terapia a muchas personas, porque creo que es una manera muy buena de ahondar en quienes somos y descubrir cuánto de nuestra vida resuena realmente con ello.
Si yo hubiera hecho esto antes de romperme me habría ahorrado bastante sufrimiento.
Gracias a que yo hice esto cuando me rompí, me he ahorrado romperme de nuevo en esta ocasión.
Porque, al final, los fundamentos están puestos. Esos valores que definen quién soy. Esas líneas rojas que no quiero sobrepasar. A veces se me olvidan, pasan a un segundo plano, me lío con cosas externas que nada tienen que ver conmigo… pero siempre acabo volviendo a mi. Y ese es el único lugar seguro que tenemos todas.
Traer a un primer plano nuestros valores y líneas rojas, esos fundamentos que nos definen, y actuar en coherencia con ellos es probablemente una de las tareas más importantes que tenemos.
Si tuviésemos esta certeza por bandera siempre tendríamos un lugar seguro al que volver. Porque esa es nuestra línea fundacional, nuestra columna vertebral. Ese tronco que tiene mil años al que nos podemos abrazar si hay viento porque sabemos que nunca lo va a poder arrancar.
Sinceramente creo que no hay mayor belleza que la de ese lugar seguro, que siempre nos acoge y que está ahí para cada una de nosotras. No hay mayor belleza que un sistema de valores bien puestos y una vida en coherencia con ellos. Y ojo, está al alcance de todos.
“Sólo” hay que atreverse a parar y ser. Melonazo, lo sé.
Pero el coste de no hacerlo, créeme, es mucho mayor.
Mi #findbeauty de este mes ha sido ver a Iván Ferreiro en concierto rememorando temazos de Piratas. Mi yo de 15 años no se lo podía creer
.



Para y respira. Sé que suena a frase de taza, pero es que las frases de taza suelen tener la molesta costumbre de llevar razón.
Cuídate amiga ❤️🩹